Rebeldes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) construyen un escenario para una ceremonia que conmemorará el martes el desarme de la guerrilla, en la zona de desmovilización "Mariana Páez", uno de los varios campos donde los guerrilleros aguardan su transición a la vida civil, el lunes 26 de junio de 2017. La ONU dijo el mismo lunes que las FARC han entregado casi todas sus armas individuales. (AP Foto/Fernando Vergara)
A varios kilómetros de la ciudad más cercana por una carretera embarrada que paraliza incluso los camiones de construcción cuando llueve, los guerrilleros del mayor ejército rebelde en Colombia ya no van armados.
 
Uno a uno, en los últimos días cada guerrillero destinado en este campamento de desmovilización levantado en la selva oriental colombiana ha entregado su arma a los observadores de Naciones Unidas y firmado un compromiso de que hará su parte para poner fin al sangriento conflicto que se ha prolongado durante medio siglo.
 
El presidente, Juan Manuel Santos, viajará al lugar, este martes 27 de junio, para reunirse con Rodrigo Londono, máximo comandante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en una ceremonia simbólica que marca el final del proceso de desarme de 7.000 rebeldes en todo el país.
 
Aunque todavía se están vaciando cientos de arsenales llenos de explosivos y armas más grandes, la ONU certificó el lunes que se habían reunido un total de 7.132 armas, lo que supone todas las armas de fuego personales excepto por un pequeño número necesario para salvaguardar los campamentos hasta su inminente desmantelamiento.
 
Con esa hazaña histórica, Colombia está un paso más cerca de pasar página en el conflicto armado más largo de América Latina, que dejó al menos 250.000 muertos, otros 60.000 desaparecidos y millones de desplazados.
 
Según Aldo Cívico, profesor de la Universidad de Rutgers y especialista en el conflicto colombiano, entregar las armas es la decisión más importante que puede tomar una guerrilla.
 
Los rebeldes de las FARC alcanzaron el año pasado un acuerdo con el gobierno de Colombia para entregar sus armas y convertirse en partido político. Pero aplicar el acuerdo ha sido un proceso complejo. El pacto no obtuvo el apoyo popular en un referendo nacional, el Congreso ha tenido problemas para aprobar las leyes que aplican los acuerdos revisados y legisladores de oposición amenazan con rechazar piezas clave de los términos si ganan las elecciones presidenciales el año que viene.
 
La controversia también ha afectado al desarme. El expresidente conservador Álvaro Uribe lideró a un grupo de opositores que cuestionó abiertamente que las FARC hubieran entregado todo su arsenal, señalando que siempre se hablaba de muchas más armas.
 
Pero la frustración también crece en las filas rebeldes y en las poblaciones dominadas durante años por los rebeldes.
 
Ahora, una carretera pavimentada conecta Mesetas con la capital, Bogotá, pero la ciudad sufre la misma falta de atención y las desigualdades que provocaron el conflicto. Como muchos otros lugares desgarrados por la guerra, los vecinos de la pequeña localidad votaron el año pasado de forma abrumadora a favor del acuerdo de paz, a pesar de que muchos siguen dudando que las guerrillas cumplan su promesa de desarmarse por completo y abandonar su implicación en la floreciente economía criminal colombiana.
 
En el cercano campamento Mariana Páez, los alojamientos de concreto con agua corriente, cocinas y electricidad prometidos por el gobierno siguen siendo una idea lejana para los rebeldes que viven bajo lonas de plástico en una de las zonas de desmovilización más subdesarrolladas del país. Un reciente reporte en la televisión local comparó la zona con un campo de refugiados.
 
El campamento, que lleva el nombre de una destacada ideóloga caída en combate en 2009, se encuentra en altura en una zona de frondosas montañas que ha sido durante años un bastión de las FARC y ha registrado a algunas de las peores atrocidades del conflicto. La paz intentó llegar a la zona al menos una vez antes. En la cercana población de El Uribe, los rebeldes firmaron un cese el fuego bilateral con el gobierno en 1984.
 
El acuerdo terminó por fracasar, allanando el camino a una década de violencia en la que murieron hasta 3.000 miembros de un partido político aliado a las FARC.
 
Los recuerdos de la campaña de exterminio pesan mucho sobre los guerrilleros, muchos de los cuales expresaron a The Associated Press su temor a volver a la vida civil sin armas. Otra preocupación importante es una oleada más reciente asesinatos, en la que han muerto docenas de líderes civiles. Algunos guerrilleros, que ahora llevan tejanos en lugar de uniforme, se preguntan abiertamente si estarán a salvo al abandonar los campos.
 
Ilic Ceron, miembro del equipo de comunicaciones de las FARC, dijo desde el lugar donde se alzaba el escenario para la ceremonia del desarme que los rebeldes quieren despejar el martes cualquier rumor sobre arsenales ocultos sin declarar o entregar a Naciones Unidas, se acuerdo con su “compromiso ético y político” de entregar las armas.
 
Sin embargo, no esperen una fotografía de rebeldes entregando armas. En los años de negociaciones en Cuba, Ceron dijo que una cosa que habían dejado claro los guerrilleros era que no querían aparecer como un ejército derrotado.
 
Expertos en el Instituto Kroc para Estudios Internacionales de Paz, en la Universidad de Notre Dame, señalaron que el ratio de un arma por combatiente visto en Colombia podría ser uno de los más altos del mundo, muy por encima de los desarmes vistos en conflictos de guerrillas recientes en lugares como Guatemala o Nepal.
 
Civico dijo que en definitiva, las dudas sobre el número exacto de armas entregadas son irrelevantes a la hora de medir el éxito del desarme. Lo más importante, dijo, es que se observa paso a paso la disposición de las FARC a desmovilizarse y reintegrarse, algo que el estado y el gobierno deberían reforzar con el cumplimiento de las promesas y acuerdos.

Fuente: Ecuavisa

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