Fue como un golpe certero, un cambio súbito que dejó casi sin aliento a policías y voluntarios que resguardaban la imagen del Cristo del Consuelo en su procesión de ayer, por 17 cuadras del suburbio guayaquileño. No pasó ni un minuto desde que la carroza con la imagen giró a la izquierda, para tomar la calle Azuay y dejar Lizardo García, y el desborde de sentimientos de los fieles impactó.

Eran las 10:40. El cerco de custodia de la imagen cedió y los devotos que iban cerca se abalanzaron a ella. Unos querían tocarla, otros arrancaban las flores que la adornaban y se las llevaban como reliquia.

Los casi 200 policías, de los 1.050 que participaban en el operativo de la procesión, empujaban a los devotos; ellos hacían lo mismo. Todos estaban empapados por el sudor y por el agua que lanzaban los bomberos y los caritativos dueños de casas. Los fieles también estaban empapados de fe, de ansias de acercarse a su protector. Parecía que si tocaban la imagen, ellos vivirían en un mejor mundo. Y había desesperación.

Las cinco cuadras restantes fueron como una batalla por llegar con la imagen intacta a la iglesia del Espíritu Santo.

Hombres y mujeres se sacaban alguna prenda y pedían a los cuidadores que la frotaran en la imagen. Era el clímax de la procesión que en las doce primeras cuadras iba formando sucesivos cuadros de fe para copar de fieles casi catorce de las 17 totales del recorrido, que este año tuvo a los niños, como motivo central.

En ediciones anteriores, los organizadores y entes de seguridad estimaron una asistencia de 500 mil personas. Ayer se habría rebasado esa cifra, según se indicaba en la señal amplificada de radio María, de la curia, que guiaba el evento religioso.

“La sangre como que corre más rápido, por la emoción”, había dicho diez minutos antes del inicio de la procesión el párroco del Cristo del Consuelo, Darío Villamizar. El arzobispo de Guayaquil, Antonio Arregui, quien debe retirarse en junio por una regla de la Iglesia, ofreció seguir llegando a la caminata. Pero ambos, quienes presidían el acto, se retiraron súbitamente al llegar a Azuay.

Entre los miles de fieles iba Julia Gonzabay, quien –aseguró– renunció hace poco al magisterio por un problema en la columna. Llegó desde Capitán Nájera y la 20, en el suburbio, para agradecer por la mejoría. Era una historia que caminaba, como lo hacía Francisco Zurita, con un Cristo crucificado en las manos; o como Elizabeth Rodríguez, quien iba descalza. Ella pedía por la salud de su madre, asilada en el hospital Luis Vernaza por un paro cardiaco.

Y quienes no caminaban estaban en las aceras, en las ventanas y balcones de las casas. Así, en el número 4036 de Lizardo García, el balcón de un metro de ancho por cuatro de largo parecía caerse por el peso de las 15 personas que estaban apretujadas. Desde ahí lanzaban agua a los marchantes.

A las 11:10, la imagen llegó a su destino. Ahí estaban el párroco Villamizar y monseñor Arregui. La gente empapada aplaudía, lanzaba vivas. En una casa resaltaba la frase escrita en una tela: “Gracias a Dios por todas las bendiciones y pruebas de este año; las he superado porque Tú has estado conmigo”.

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